Clara tenía hambre. Mucha hambre. Desde que tenía ocho meses de embarazo, sus antojos eran incontrolables, y aquella noche no fue la excepción. A pesar de lo tarde que era, se detuvo en un viejo restaurante de comida rápida abierto las 24 horas.
El lugar estaba vacío. Solo había un cajero delgado y pálido tras el mostrador y, en la cocina, un hombre alto con una gorra grasienta que la miraba fijamente. Clara se estremeció, pero se obligó a sonreír.
—Una hamburguesa con papas y un refresco, por favor.
El cajero apenas movió los labios.
—¿Para comer aquí?
—Sí.
Tomó su bandeja y se sentó en una mesa junto a la ventana. Afuera, la calle estaba oscura y desierta. Todo parecía extrañamente silencioso. Con un suspiro, abrió la caja de su hamburguesa… y su corazón se detuvo.
Dentro, en lugar de comida, había una fotografía. No una cualquiera: era un ultrasonido, el suyo. Podía ver la forma de su bebé, pero había algo mal. La boca del feto parecía cosida con finas hebras negras.
Un escalofrío la recorrió. Miró hacia el mostrador. El cajero ya no estaba. Solo el cocinero seguía allí, sonriéndole desde la cocina.
—Se ve delicioso, ¿verdad? —dijo con voz áspera.
Clara se levantó de golpe, sintiendo su respiración acelerarse. No podía quedarse allí. Se dirigió a la puerta, pero no se abría.
—¿Qué es esto? ¡Déjenme salir!
El sonido de la cocina aumentó. Un chisporroteo, como si algo estuviera friéndose en aceite hirviendo. El cocinero salió, secándose las manos en un delantal sucio. En una de sus manos, sostenía un bisturí.
—Ya está listo el pedido especial.
Clara retrocedió, llevándose las manos al vientre. Algo dentro de ella comenzó a moverse, pero no como de costumbre. Era violento, desesperado, como si su bebé intentara escapar.
El cocinero avanzó lentamente.
—Tranquila, mamá. Solo queremos lo que es nuestro.
Antes de que pudiera gritar, las luces parpadearon y todo se sumió en la oscuridad. Lo último que sintió fue un dolor punzante en su abdomen y el eco de un llanto que no provenía de su boca… sino de dentro de ella.
Crédito a quien corresponda